Durante las escasas semanas que lleva el año se ha escrito mucho sobre los piratas de la red, los malvados filibusteros que roban a cualquier incauto que se atreve a formar parte del inocente y desinteresado mundo de la cultura.
Todas estas noticias, con el colofón esta misma semana del acuerdo para tirar adelante la Ley Sinde, parecen ser la antesala de un futuro cercano en el que cualquier internauta tendrá una espada de Damocles sobre su cabeza con una ministra o artista con tijeras en la mano dispuesto a cortar el fino hilo que la sustenta, al menor indicio de que nuestra IP haya atracado en alguno de los puertos de Isla Tortuga.
Viendo lo que piensan y dicen (no sé si por este orden) algunos y algunas, uno siente a veces el deseo de subirse a la Perla Negra y acompañar al Capitán Sparrow en sus travesías. Sirva como ejemplo el artículo que nuestra Ministra de Cultura escribió hace unos días en El País y que no tiene desperdicio.
Sólo algunos párrafos para ilustrar lo que nuestra ministra piensa de usted y de mí, vulgares internautas:
“Los ciudadanos del siglo XXI tenemos la percepción no solo de que Internet es nuestro, sino de que nuestras opiniones cuentan más allí que en el espacio físico donde desarrollamos nuestras insatisfechas vidas. Podría decirse incluso que para muchos sus vidas virtuales son mejores que las reales. O al menos que su presencia, su mera existencia, cuenta mucho más. Internet nos ofrece alternativas a la realidad que podemos construir con nuestras manos. Durante el rato que estamos conectados, dejamos de ser meros consumidores para volver a ser, como antaño, productores de algo con lo que identificarnos….”
“…Que estas semanas el debate sobre la Red sea apasionado no debe, por todo ello, sorprendernos. Es mucho lo que hay en juego. La revolución social se hará por la Red o no se hará, parecen creer muchos, sobre todo esos jóvenes hastiados de una sociedad en la que no se reconocen y en la que encuentran poco o ningún espacio para la expresión y la participación.”
Somos pobres desgraciados de vida insatisfecha, existencia irrelevante, opiniones ignoradas y necesitados de un avatar que nos represente para ser alguien.
Continúa diciendo:
“Los derechos de autor son vistos [por los internautas] como palos en las ruedas que solo detienen el avance del progreso, el avance hacia ese cambio social democrático e igualitario, hacia esa transmisión del saber y de nuevos valores que tanto necesitamos y que la Red parece propulsar.
Digamos que esta es la sinopsis de la película, pero algo falla porque la narración no avanza hacia el cambio de modelo ni de negocio ni de sociedad. Y es que el antagonismo parte de un falso supuesto que genera un problema grave de estructura en este guión: la identificación del antagonista. Mientras el héroe (los usuarios de la Red, el mítico internauta) pierde tiempo y energía con el que considera su enemigo (la gente de la cultura), el verdadero adversario está en otro lado haciéndose más y más fuerte.”
Y aquí es donde, a menos desde aquí, echamos en falta el papel de un verdadero político que sea capaz de liderar un cambio tan necesario como obligado.
Señora Ministra, tiene razón en que el enemigo no son los internautas para el mundo de la cultura ni viceversa, el enemigo, al que usted no pone nombre ni apellidos, es el inmovilismo, es el no querer o no saber adaptarse a un mundo que no es el de Cervantes, que siempre vivió como un pobre hombre en busca de favores para que le concediesen recaudar impuestos un año más. No puede estar tan bien buscado su ejemplo para contradecir su tesis ya que es imposible que las mismas normas que regían para Cervantes en el siglo XVII sigan vigentes en el siglo XXI. El mundo ha cambiado.
Si el problema es que
“Cada vez menos gente podrá dedicarse profesionalmente a ella [a la cultura] y nos veremos abocados a un menú monofágico de apenas unos pocos platos que gusten a muchos y que decidan por nosotros grandes intereses económicos (los verdaderos dueños de la Red).”
Internet, y sus internautas, es la solución y no la causa.
¿Hay un medio más sencillo y asequible para quien empieza que Internet? ¿No se limita el riesgo (económico) en caso de fracaso cuando todo es digital, sin soporte físico? ¿No se accede a millones de personas como público objetivo en segundos y casi sin intermediarios?
Cuando usted se refiere en el párrafo anterior a los verdaderos dueños de la Red, supongo que incluye a las grandes editoriales, las productoras y distribuidoras de cine y música, a tantas y tantas empresas que son las que quieren que paguemos 17 € por un ebook, o 90 € por un concierto, o 20 € por un disco o 10 € por una entrada de cine. Ellos ponen las reglas y son estas. Unas nos parecen justas otras no.
¿Por qué no es usted capaz de liderar el cambio? ¡Ah!, es más fácil legislar contra el eslabón final de la cadena, el internauta, que intentar cambiar el modelo. Porque para eso hay que sentarse con todos, no para agradar a unos a costa de disgustar a otros, sino para entender a todos y buscar el punto de equilibrio. ¡Uff!, tarea ardua y difícil.
Visto lo visto, y que además prácticamente todos los partidos políticos han acabado poniéndose de acuerdo, busco en el fondo de armario mi parche y mi pata de palo y les voy quitando el polvo por si hay que soltar amarras pronto, ya que parece que se avecina una tormenta.